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Minutos

  • Foto del escritor: S.D.Esteban
    S.D.Esteban
  • hace 3 días
  • 6 Min. de lectura

Todo empezó cuando de pequeña me regalaron un reloj muy extraño: tan solo contenía 48 minutos. Lo que en un principio parece una nimiedad —doce insignificantes minutos no pueden marcar una gran diferencia— acabó dominando toda mi vida.

El original reloj llegó a mis manos el día de mi comunión. Llegados a este punto he de aclarar que, actualmente, este tipo de celebraciones se han convertido en un negocio en el que la niña protagonista se viste de novia adulta, se agasaja a los invitados con un exquisito y caro banquete en un gran salón de celebraciones y los asistentes al evento, obligados por el decoro y una ley no escrita, ingresan como regalo en la cuenta bancaria de los padres de la susodicha una nada despreciable cantidad que, por supuesto, ha de superar el valor del cubierto. Sin embargo, en la fecha en la que data esta historia —corrían los años ochenta—, lo que mandaba la tradición, sobre todo en las familias menos pudientes, era hacer una pequeña celebración en casa con unos cuantos sandwiches de atún y nocilla y los invitados (allegados y unos pocos amigos) colocaban sus regalos nada más llegar a la casa, todos bien envueltos, encima de la mesa del comedor y esperaban a que la niña en cuestión los abriera delante de ellos con una gran sonrisa.

Pues bien, volviendo a la historia del reloj y del día de mi comunión, una vez finalizó la ceremonia de recepción del cuerpo de Cristo en la Iglesia de San Pedro, la celebración posterior en la humilde casa de mis padres y cuando ya los invitados se hubieron marchado a sus respectivos hogares, un pequeño regalo que había quedado envuelto sobre la mesa del comedor llamó mi atención. Al abrirlo, en un principio, no me percaté de su peculiaridad; para mí tan solo era un reloj casio digital con la correa de color rosa. Mi reacción fue la natural en una niña de nueve años: cambiar el reloj que acababa de poner sobre mi muñeca unas horas antes —un reloj de aguja de color gris que marcaba las horas de una forma infinitamente más complicada de descifrar— por el nuevo reloj digital en el que podía leer exactamente los numeritos que indicaban la hora sin tener que hacer enrevesados cálculos.

Me percaté de que exactamente era inexacto unos cuantos días después, cuando nuestro tutor tuvo a bien sorprendernos con un examen de matemáticas. Disponíamos de una hora para finalizar nuestro ejercicio y yo me propuse hacerlo de forma eficiente y rápida, sobre todo porque ahora disponía de un nuevo y reluciente reloj alrededor de mi muñeca que marcaba los tiempos. Cuando mi casio indicó el cambio de las diez a las once, entregué mi examen acabado y, mientras el resto de mis compañeros permanecía en sus asientos con la cabeza inclinada sobre el papel, yo salí al patio a disfrutar del sol de la mañana. Doce minutos de libertad, doce minutos que acababa de descubrir que mi nuevo reloj me había proporcionado.

Aquello pasó de ser algo puntual a convertirse en costumbre. Si acababa mis tareas en cuarenta y ocho minutos en lugar de en una hora, podía disfrutar de doce minutos de esparcimiento, de manera que empecé a realizar mis quehaceres más deprisa: hacia los deberes más deprisa, comía más deprisa, leía más deprisa, andaba más deprisa, jugaba más deprisa, veía la televisión más deprisa,…

En la adolescencia persistí en mi hábito: me visitó la menarquia a los diez, a los once tuve mi primer novio, a los once y medio mi primer desencanto amoroso, a los doce mi segundo novio, a los doce y dos meses mi segundo desencuentro pasional, a los doce y cuatro meses mi tercera relación —y mi primera novia—… Seguía haciéndolo todo deprisa: estudiaba deprisa, conducía deprisa, fumaba deprisa, discutía deprisa, fo.. deprisa... Fue una época convulsa y rápida en la que aprendí con desenfreno pero de la que apenas disfruté, ahora me doy cuenta.

Mientras los minutos de mi juventud se alejaban al compás de mi satánico reloj de pulsera, los días con los que ya no podría contar iban cayendo en el saco del pasado. Un saco que se llenaba cada más rápido y más deprisa.

Y esa práctica también me acompañó en la adultez. Entré de forma precoz en el mundo laboral, me casé prematuramente, tuve hijos rápido y muy seguidos, me rodeé de apremio y obligaciones y, cuando quise darme cuenta, ya era demasiado tarde: el saco pesaba mucho y el estrés se adhería a mí como el sudor al ejercicio intenso.

Afortunadamente, en mi quincuagésimo cumpleaños, mi tercer esposo y mis dos ex maridos decidieron obsequiarme con una fiesta sorpresa. Nada estrafalario, solo una fiesta en el jardín de mi casa de por aquel entonces —la quinta o sexta de las que había tenido en propiedad— a la que invitaron a mis familiares más cercanos, mis mejores amigos y a algunos de los compañeros de los siete u ocho trabajos por los que había pasado y con los que todavía mantenía una cierta amistad.

Cuando la fiesta hubo terminado y cada uno se hubo marchado a su casa —mis ex con nuestros respectivos hijos ya que mi regalo de cumpleaños era un poco de tiempo libre para mí a pesar de que había sido yo quien había hecho el chocolate caliente para los niños y se había encargado de prácticamente todo hasta que hubo finalizado la fiesta—, caí exhausta en el sillón. Justo enfrente de mí, sobre la mesa del comedor, una pequeña cajita envuelta en papel dorado rodeada por un sencillo lazo blanco llamó mi atención. Pensé muy seriamente en no levantarme de mi asiento, pues eran los primeros minutos de paz que tenía en semanas, ¡¿qué digo semanas?!, posiblemente en meses o ¡incluso en años! Era incapaz de recordar cuando el comedor de mi casa había estado en calma por última vez, si es que alguna vez lo había estado. Sin embargo, la curiosidad me pinchó en el culo y salté de un brinco para rasgar el llamativo papel dorado y darme de bruces con...

¡Un nuevo reloj!

Ni siquiera lo saqué de la caja; lo lancé sobre la mesa como si quemara y fui a acurrucarme al sofá. ¿Quién había tenido el mal gusto de regalarme un reloj del pulsera sabiendo como sabían que era presa del tiempo, conocedores de que no tenía un solo minuto para mí, de que las horas que antaño duraban cuarenta y ocho minutos se habían convertido en horas de treinta y cinco e iban camino de convertirse en horas de menos de treinta? ¿Quién me había gastado una broma de tan mal gusto?

¿O acaso no era una broma?

Mi mirada se detuvo al otro lado del cristal de la puerta que daba al jardín. El sol empezaba a esconderse tras las montañas tiñendo de un rosa intenso el cielo, salpicado de nubes blancas. ¿Esa parte de cielo siempre había estado ahí? ¿Siempre habían sido tan grandes mis ventanas?

Suspiré.

El aroma a chocolate caliente competía con el de las chuches y el del calor de hogar. Rememoré las risas de mis hijos y de sus amigos, el taconeo de sus zapatos mientras corrían por la cocina, el murmullo de las conversaciones con mis amigos, el tintineo de las copas,... El silencio y la quietud presidían la sala. De la fiesta solo quedaban vestigios: unos globos sueltos por el suelo, confeti de colores sobre la mesa y los sillones, algún vaso o plato de cartón, restos de tarta sobre la mesa de la cocina y alguna que otra botella de vino medio vacía.

Me levanté del sofá y fui directa a la cocina. Allí, sobre el reluciente mármol blanco, descansaba la tarta de mi cumpleaños: una Sacher que yo aún no había probado. Saqué un plato del armario, corté un pedazo generoso de pastel y lo coloqué sobre él. El pedazo, tembloroso e inquieto, quedó finalmente volcado sobre el plato dejando una huella en la posición que había ocupado en primer lugar. Pasé un dedo por su rastro y lo conduje hasta mi boca. ¡Qué delicia! ¡Y qué olor tan rico! ¡Podría alimentarme solo con olerlo!

Extraje del primer cajón de la cocina una cuchara y, solo después de acercarme el plato a la nariz y absorber de nuevo su aroma, introduje el diminuto cubierto en la esplendorosa tarta con provocadora lentitud para sumergir después el pedacito en mi boca con parsimonia deliberada, permitiendo a mis papilas degustarlo igual que instantes antes lo había hecho mi pituitaria.

Casi obnubilada por la emoción, me senté en uno de los taburetes de la barra de la cocina, escancié un poco de vino en una solitaria copa y permití que acariciase mi garganta.

Solo cuando mi plato hubo quedado libre y mi copa vacía, paseé la vista por el salón. Por una milésima de segundo, me planteé ordenarlo todo en ese mismo momento. Aunque solo durante una milésima.

Lo que hice en su lugar fue dirigirme a mi cuarto, vestirme con el pijama más cómodo que encontré y cobijarme al abrigo de las confortables mantas.

Sin ligaduras.

Sin presiones.

Sin estrés.

Con la muñeca liberada, enseguida Morfeo me acogió en su regazo.

4 comentarios


montsefuster.mon
montsefuster.mon
hace 2 días

Mini cuento divertido donde nos enseñas la relatividad y complicidad del tiempo con un reloj de muñeca. Súper diferente… me gusta.

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S.D.Esteban
S.D.Esteban
hace un día
Contestando a

A veces nos empeñamos en estirarlo y tal vez sería mejor únicamente disfrutarlo.

Me alegra que te haya gustado. Un abrazo, Montse. Namasté ;-)

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beaolis
hace 3 días

No hay nada como ser consciente del momento "presente". Aunque dure un segundo lo recordaremos años... autorregalémonos más presentes.... namasté😍 . Ha valido la pena el estrés de todo el relato a fin de disfrutar del desenlace último....👌🏻

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S.D.Esteban
S.D.Esteban
hace 2 días
Contestando a

Momento presente. Me encanta. Primordial y difícil a partes iguales. Un abrazo, Bea. Namasté ;-)

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