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Querido Rey Melchor

  • Foto del escritor: S.D.Esteban
    S.D.Esteban
  • 10 ene
  • 4 Min. de lectura

Querido Rey Melchor:


No sé si te acordarás de mí ya que hace mucho tiempo que no te escribo. En esta ocasión no voy a pedirte nada. Esta es solo una carta de despedida y, ¿a quién mejor enviársela en estas fechas que a ti, mi Rey Mago preferido?

Han cambiado muchas cosas desde la última vez que te escribí y quizá eso sea en parte lo que me ha empujado a tomar mi decisión. El mundo ahora es muy distinto y yo ya no encajo en él. Los niños no cantan villancicos por las calles; ahora tienen la cara pegada a una pantalla las veinticuatro horas del día y no conocen la letra de una canción si no la leen en uno de esos malditos cachivaches. El otro día un adolescente chocó conmigo mientras tecleaba en el aparato ese. “¡Aparta viejo”, me dijo. ¿Te lo puedes creer? ¿Pero qué tipo de educación reciben los jóvenes hoy en día? Me quedé tan sorprendido que no supe ni reaccionar y, claro, él siguió su camino con la nariz pegada al dichoso chisme y, por supuesto, sin disculparse.

Y hablando de chismes, te sorprendería saber cómo ha cambiado todo. Menos mal que en Oriente, o por donde tú vivas, las cosas deben de ser distintas. Si te soltarán por aquí no sé yo si podrías desenvolverte. A primeros de mes tenía que sacar dinero en el banco y me mandaron a uno de esos trastos de la entrada. Pues chico, que no me apañaba y todos enfadados porque se estaba formando una cola de mil demonios. El joven de atrás se ofreció a ayudarme, pero como ya no te puedes fiar de nadie, yo no acepté su ayuda. Me daba miedo que su intención real fuera robarme el dinero de la pensión (No sabes tú cómo están las cosas por aquí). De manera que yo seguí apretando botones sin resultado, la gente protestando, hasta que una chica muy maja de dentro de la oficina vino a ayudarme y conseguí sacar los cuartos. ¡Ay, Melchor! Los tiempos en que con la libreta de ahorro te llamaban señor y te acompañaban a un despacho para darte los buenos días y tu dinero en la mano se han terminado. Como tantas otras cosas, Melchor, como tantas otras.

Por ejemplo, ahora la gente ya no conoce ni saluda a sus vecinos. ¿Te puedes creer que una pareja se ha trasladado hace poco a la puerta de enfrente, donde vivía antes Teodoro, el niño pelirrojo con el que jugaba yo siempre, que se casó con Matilda y tuvieron cuatro hijos —que para postre ninguno se encargó de él cuando falleció su mujer y el pobre acabó sus días solo en una de esas instituciones, por llamarlo de algún modo, abandonado como un trasto viejo—? Bueno, pues eso, que ahora vive en su casa un matrimonio joven que en lugar de hijos tiene perros que ladran como condenados y no me dejan dormir. Pues te contaba esto porque no han venido a decirme ni mu, ni a disculparse por los ladridos de sus chuchos ni a presentarse siquiera. ¡Cómo extraños, Melchor, cómo extraños! ¡Con las veces que Teodoro, su esposa, mi mujer y yo nos fuimos juntos de vacaciones y ahora resulta que ni se comparte un saludo con los vecinos en el descansillo…! ¡Ay si mi pobre Eugenia levantara la cabeza! Pero ya ni compartir con ella puedo estos desvaríos de viejo. Desde que se fue, hace un año, estoy más solo que la una. Si al menos Dios nos hubiera dado hijos… Ahora que todos los de mi quinta se han muerto y que no me queda nadie con quien compartir nada en este mundo que ni entiendo ni me comprende, ¿qué pinto yo aquí, eh? ¡Vamos, dime! Si tan solo…


Espera, espera. Creo que ha sonado el timbre de la puerta. Enseguida vuelvo.


¡No te lo vas a creer, Melchor! Era el vecino nuevo, el de los perros. David, se llama. Se ha disculpado por no poder presentarse antes y por los ladridos de sus mascotas. La mudanza les ha tenido un poco asfixiados, ha dicho. Ha venido con su mujer a invitarme a cenar en su casa mañana por la noche. ¡En Nochebuena! ¡Y sin conocerme de nada! Dice que me han visto unas cuantas veces muy solo y que ellos aquí tampoco tienen a nadie. Son de no sé qué pueblo de Valencia y se han trasladado por trabajo. Estela, su mujer, está embarazada. Dicen que los vecinos están para ayudarse y que sienten que aquí las cosas no son como en su pueblo, que deseaban conocerme para intercambiar impresiones y que les haría muy felices que aceptara su invitación.

Parecen muy educados, Melchor. Creo que voy a darles una oportunidad. Mis planes pueden esperar unos días. O quizá unos meses. Puede que incluso espere al nacimiento del bebé. Tal vez podría ayudarles con él de vez en cuando, como sus familiares andan lejos…

Discúlpame, Melchor, pero tengo que dejarte. Desde que faltó mi Eugenia no me he comprado nada de ropa y no puedo presentarme en casa de David y su esposa con los andrajos que cuelgan de mi armario. Y no estaría de más comprar una buena botella de vino. Seguro que son de los que lo agradecen. Parecen buenas personas, Melchor. De las de antes. Tú ya me entiendes.


Afectuosamente,

Remigio

6 comentarios


noeliayago
noeliayago
14 ene

La magia de los Reyes Magos...menos mal que existe...

Precioso relato Silvia.

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S.D.Esteban
S.D.Esteban
14 ene
Contestando a

Pues sí, Noelia, menos mal que podemos conservar a la niña que llevamos dentro.

Un abrazo, amiga. Y encantada de leerte por aquí ;-)

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beaolis
10 ene

Ohhhh menos mal que los planes, igual que se hacen, se deshacen...😉. El destino, el karma o simplemente la vida nos arrastra a su flujo.... realidad que se ve y espero que la que no se ve también esté ahí.... namasté❤️

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S.D.Esteban
S.D.Esteban
11 ene
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Seguro que está, Beatriz. Solo hay que verla con los ojos adecuados. Un abrazo enorme y que los Reyes cumplan todos vuestros deseos.

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montsefuster.mon
montsefuster.mon
10 ene

Al final siempre hay que confiar… en la magia de los Reyes “Magos”

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S.D.Esteban
S.D.Esteban
11 ene
Contestando a

Qué sería de nosotros sin la magia... y la esperanza ;-)

Un abrazo, Montse, os deseo que los Reyes os traigan lo mejor para este Año y todos los que vengan.

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