Animales
- S.D.Esteban
- 25 ene
- 3 Min. de lectura
El anciano caminaba temprano por las calles de la urbanización. Por cada casa que pasaba uno o dos perros se asomaban al balcón, terraza o patio y se ponían a ladrar como locos. No entendía por qué sus dueños no hacían nada al respecto. ¿Por qué no los habían educado desde pequeños para que no ladraran continuamente y poder respetar así el descanso de los vecinos? ¿Acaso esta sociedad en la que vivíamos ya no era una sociedad con normas estipuladas sino un mundo individual dividido en parcelas donde cada uno velaba solo y únicamente por sus propios intereses? ¿En qué nos habíamos convertido?, pensaba mientras apretaba los puños con fuerza y continuaba su camino hasta la siguiente casa, el siguiente perro, el siguiente ladrido.
Antes las cosas eran distintas; la gente era distinta. Todavía recordaba las comidas con sus vecinos en medio de la calle, esa comunión de personas con las que compartía mucho más que ricos manjares; donde la paz, la tranquilidad y la armonía reinaban en cada rincón, en cada parcela, en cada calle. Donde todos se conocían y todos se ayudaban.
¡Cómo echaba de menos a sus vecinos de antes! Remigio y Francisca, los que antaño vivían enfrente, se habían trasladado a un piso en la cuidad y los que ahora habitaban su vivienda parecían haber acogido a todos los chuchos de la perrera. Los tenían en el patio sin sacarlos nunca a pasear. Allí meaban y cagaban y allí se volvían locos y volvían locos a todos los demás.
Paco y Carmen también se habían trasladado a una casa más pequeña, a una que no diera tanto trabajo, dijeron. Y los nuevos vecinos también vinieron con un perro: un pastor alemán con cara de malas pulgas que también se unió al concierto. Y, para colmo, al fallecer la angelical Modesta —que tantas tardes apacibles había compartido con su mujer—, sus hijos vendieron la casa a una familia con dos críos pequeños escandalosos y dos canes que lo eran aún más.
Así es que ahora, justo en el ocaso de su vida, dónde la paz y la tranquilidad eran más necesarias que nunca, estas parecían haberse mudado a algún lugar muy lejano del que no tenían intención de regresar mientras él se acostaba y se levantaba acompañado de incesantes ladridos de perro que taladraban su cabeza.
Lo había intentado. ¡Dios sabía que lo había intentado! Había intentado con todas sus fuerzas hacer caso omiso de los ruidos que se habían adueñado de los alrededores de su hogar. Sin embargo, había fracasado estrepitosamente.
Mientras arrastraba los pies, ojeroso y con los nervios destrozados, comenzó a considerar como seria alternativa la surrealista idea que había comenzado a bullir en su cabeza hacía tan solo unos días. Era lunes laborable, sus vecinos se encontraban ausentes por trabajo y su mujer estaría fuera durante horas. Así que, cuando llegó a la altura del supermercado, sin pensárselo dos veces, entró y pidió dos hermosos filetes de carne.
Al llegar a casa los colocó sobre el banco de la cocina y se quedó observándolos. Esos dos pedazos sanguinolentos de carne habían pertenecido antes a otro animal. Un animal que había estado vivo y dejó de estarlo bajo la mano del hombre. Un hombre que le arrebató la vida para poder comer, por la diversión que representaba un deporte como la caza o, simplemente, por encontrarse en el punto más alto de la cadena alimenticia y podérselo permitir. El caso era que había unas necesidades básicas que cubrir que representaban un deber y un derecho básico para la humanidad desde el inicio de los tiempos: comer, cobijarse y descansar. Y a él, desde hacía ya demasiado tiempo, le habían arrebatado esta última.
Abrió el armario alto de la cocina, buscó entre sus estantes hasta que sus dedos tropezaron con una vieja lata oxidada y espolvoreó de amarillo los jugosos filetes encharcados en sangre.
Ahora sostiene un libro mientras lee sentado sobre su cama en completo silencio acompañado de su mujer. Hace meses que las bandas violáceas de debajo de sus ojos han desaparecido y la calma y el sosiego han regresado a su rostro. Ha recuperado su derecho al descanso. Por fin puede dormir del tirón sin que los ladridos le despierten.
Sin embargo, últimamente el perro de enfrente ha iniciado la molesta costumbre de ladrar por las mañanas. Él dedica ese espacio de tiempo a su pequeño huerto y el desagradable ladrido del chucho resta placer a su pequeña actividad. Ha intentado hablar con los vecinos para ponerles al caso y que hagan algo al respecto, pero no atienden a razones. ¿No le dijo su mujer el otro día que justo mañana jueves tenía clase de Tai Chí? Quizá mañana sea día de hacer una nueva visita a la carnicería del supermercado...
Hola Silvia.
Poco a poco vas informado al lector del agobio del protagonista, de la cantidad de perros y del incivismo de sus dueños.
Consigues transmitir la tensión insoportable del protagonista para que el lector "acepte" la solución que toma. El relato tiene un final ajustado a la realidad y que sigue acrecentando mi envidia ; )
Un saludo y aplausos.
Pd. Hice un relato sobre vecinitos. Reconozco que sobre perros es "políticamente más correcto".
Una situación muy real, mucho…
Desde el ladrido de los perros….
Hasta el deseo de comprar los filetes….
Pero en esta selva, de gente que no sabe vivir en comunidad, estoy seguro que existen, en el anonimato, una mayoría que piensa lo mismo….
Solo hay que buscarlos….
Y dejar de comprar filetes
Relato que describe perfectamente el incivismo de la sociedad. Cada vez hay más mascotas con dueños despreocupados que no saben ni quieren educarlas para tener una buena convivencia con el resto de la comunidad. Es un tema fastidioso que se debería regular de forma estricta a nivel normas legistivas de los ayuntamientos.
Reflejo fiel de la realidad... Conduces con tu relato ( que me pone los pelos de punta ) a la inevitabilidad. A la supervivencia. A la tristeza de ver que a tus semejantes les importas menos que su propio perro, animal de compañía al que no le conceden su función.
Relato para pensar. 🫣