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Encerrado en el armario

  • Foto del escritor: S.D.Esteban
    S.D.Esteban
  • 12 ene
  • 5 Min. de lectura

En todo momento evito mirar al armario del que provienen los ruidos. Centro mi atención en todo aquello que quiero meter en la maleta, en lo que sí deseo llevar conmigo. Busco en el fondo del primer cajón de la mesilla de noche las fotos y me siento en la cama para examinarlas de nuevo mientras intento evadirme de los ruidos del ropero.

En la primera foto yo tendría unos veinte años. Rafa —por aquel entonces mi novio— y yo estábamos sentados sobre el respaldo de un banco del paseo marítimo de nuestro pueblo. Yo todavía llevaba el pelo largo y ambos sonreíamos a la cámara cogidos de la mano.

Los golpes sobre la puerta del guardarropa se intensifican. Quiere salir de allí, pero no voy a permitírselo. Demasiado daño me ha hecho ya. Fijo de nuevo la vista en las fotos con el firme propósito de no consentir que destruya también este momento.

La siguiente imagen es de unos años más tarde. Estamos sentados en sillas plegables delante de una tienda de campaña y rodeados de pinos. Yo visto unos vaqueros cortos, unas botas marrones que me encantaban y mi camiseta preferida. Él, unos vaqueros viejos y una camiseta negra, como siempre. En eso no ha cambiado, pienso mientras acaricio su cara en la foto. Solo que entonces estaba delgado; delgado y joven. ¡Cómo nos gustaba hacer acampada libre! Ahora ya no es posible. (Los ruidos del ropero son insistentes, aunque yo hago lo posible por no escuchar). Ahora has de conformarte con una parcela diminuta rodeada de indeseables que no conoces y pagar lo indecible por ello. ¿Por qué ha tenido que cambiar todo tanto en tan poco tiempo? ¿Por qué no han podido quedarse las cosas como estaban?

Continuo obviando los ruidos mientras paso a la siguiente foto.

Nuestra boda. ¡Cómo no! Tan ilusionados, tan jóvenes, tan inocentes… Un día precioso que bien merece ser recordado. Y sin embargo, ¡tan fugaz! Si ahora volviera a casarme lo haría todo distinto. No habría tantos invitados, ni sería una ceremonia religiosa, ni daría el sí quiero en un sitio cerrado, sino al aire libre, rodeada de almendros en flor, sobre un bonito cenador de madera, con los invitados en sillas blancas sobre un cuidado césped verde. O tal vez en la playa, todos de blanco, como asistentes a una fiesta ibicenca, con un vaporoso vestido que flotara al vaivén de la brisa del mar.

Los golpes del armario me devuelven a la realidad de nuevo.

—¡Me da igual que aporrees la puerta! ¡No voy a dejarte salir!

No saldrás porque odio en lo que me has convertido. Yo era una chica con toda la vida por delante, con ilusiones, con proyectos. Ahora solo soy una mujer madura a la que no le han salido las cosas como deseaba, que ha tenido que renunciar a tanto que ya no sabe ni quién es, ni qué hace aquí.

Mis ojos se detienen en la siguiente fotografía y una sonrisa de amargura se dibuja en mi rostro. Yo, rodeada de mis compañeros de departamento —o más bien mis subordinados, ya que me habían ascendido hacía poco— sonrío feliz. Recuerdo el día con una nitidez asombrosa. Me sorprendieron con una tarjeta de felicitación por mi embarazo. Ya estaba de cuatro meses y no había querido decir nada en la empresa. Incluso tardé en comentárselo a Rafa porque no sabía si seguir adelante con la gestación. No fue planeado. Llegó sin más, sin proponérnoslo. Y cambió nuestras vidas. ¿Qué rumbo habrían seguido de no haberlo tenido? Ya nunca lo sabremos.

—¡Te he dicho que no saldrás! ¡Deja de golpear la maldita puerta! ¡Permanecerás en ese armario para siempre! No voy a permitir que sigas hincando tus sucias garras en mí. Ya he tenido suficiente.

Coloco con decisión las fotos en la maleta y rebusco en los cajones lo que me acompañará en mi viaje. Poca cosa: mis vaqueros preferidos y un par de camisetas limpias. Nada viejo, nada gastado, nada antiguo. Empezaré de cero. Sin él a mi lado que entorpezca mi paso.

Presurosa, cierro la maleta y me dirijo al baño. Con la cabeza gacha rebusco entre los cajones y saco la pasta y mi cepillo de dientes. También las cremas que necesito: la hidratante de día, el sérum efecto lifting, la nutritiva de noche. El maquillaje y el resto de cosméticos los coloco sobre el mármol del lavabo y empujo todo hacia el espejo sin levantar la vista. Tendré que llevarme el tinte de pelo. Mientras lo busco, mis dedos tropiezan con algo que ya no voy a necesitar, que hace meses que no uso. Una gran desazón se apodera de mí. La nariz me hormiguea y las lágrimas se amontonan en mis ojos. Un desierto de arena sobre el que rueda una bola de ramas secas se dibuja en mi mente. Pronto esa imagen es sustituida por la del cauce de un río seco castigado por el sol con su lecho agrietado ante la falta de líquido durante años. Una tierra yerma, reseca y estéril. Una tierra olvidada, abandonada, sobre la que ya nada puede crecer.

Cubro mi rostro con las manos y apoyo los codos sobre el lavabo. Ya no puedo contener las lágrimas, que huyen despavoridas. Uno de los tarros de crema cae al suelo provocando un gran estruendo. El aroma de la crema nutritiva queda flotando en el aire. La reconocería en cualquier parte. Demasiadas veces, demasiadas noches la he esparcido sobre mi rostro con la esperanza de que se produjera un milagro que nunca llegó. El tiempo ha seguido su curso sin contemplaciones, sin consideración, sin piedad.

Retiro las manos del rostro y observo la imagen que el espejo me ofrece: ojos enrojecidos cercados por arrugas que no paran de multiplicarse cada día, atemorizados ante el avance inexorable de unos párpados cada vez más amenazantes y flácidos; una piel madura en la que asoman las primeras manchas y que ya no se aferra al óvalo sino que descuelga como la bolsa fofa del trasero de un pantalón viejo y desgastado por el uso; una boca que ya no sonríe por temor a las finas líneas que comienzan a desfilar sobre ella y que intenta cubrir con disciplina unos dientes cada vez más amarillos y apiñados. Un rostro cansado al que la luminosidad ha abandonado y que pierde terreno día tras día, que solo puede intentar permanecer en la trinchera a la espera de que el enemigo se apiade de él y alce una bandera blanca que nunca llega. Un rostro que perdió la batalla hace tiempo y que solo consigue poner parches a algo contra lo que ya no puede luchar.

La crema nutritiva continúa desparramada por el suelo.

Suspiro.

Me arrodillo con el papel higiénico en la mano, limpio los restos de crema y tiro después el papel embadurnado y los cristales rotos a la papelera. Observo los potingues que todavía permanecen sobre el mármol del lavabo y, con firmeza, lo introduzco todo en la basura.

Saco la ropa de la maleta y la vuelvo a colocar en el sinfonier. Meto las fotos antiguas muy al fondo del primer cajón de la mesita y la maleta vacía bajo la cama.

Después, ya más tranquila y desde la puerta de mi habitación, echo una ojeada a mi viejo cuarto.

Las puertas del armario permanecen ahora abiertas de par en par.

Reina el silencio.

Apago la luz.

Sonrío.



Finalista en el XIX certamen de relatos breves El Laurel

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8 Comments


Lázaro Marco Salvador
Lázaro Marco Salvador
Jan 25

Hola Silvia.

Uno de tus magníficos relatos "cotidianos", con intriga, duro y se que siente verídico en todo momento. Un saludo.

Lázaro Marco

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S.D.Esteban
S.D.Esteban
Jan 25
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Hola Lázaro. Ya sabes que tengo predilección por ellos. ¿Qué le vamos a hacer? Un abrazo fuerte y gracias por pasarte a comentar ;-)

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Guest
Jan 12

Conmovedor...¿para qué queremos detener el tiempo? eso es detener nuestra vida. Cada vez que respiramos cambiamos, seguimos aquí, en un nuevo presente. Eso es motivo de celebración😍😍😍Felicidades

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S.D.Esteban
S.D.Esteban
Jan 12
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Sabias palabras que me han recordado a las de otro sabio filósofo, Eráclito: "Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos".

Muchas gracias por leer y comentar. Saludos afectuosos.

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Unknown member
Jan 12

Inexorable, terrible pero bello, hermoso.

Magistral 🌷.

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S.D.Esteban
S.D.Esteban
Jan 12
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¡Uy, muchas gracias, querido lector! Me voy a poner colorada ;-) Me alegra enormemente que te haya gustado. Un abrazo.

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montsefuster.mon
montsefuster.mon
Jan 12

Me ha encantado el relato. La metáfora del sufrimiento, desilusión, la tristeza y el paso del tiempo encerrados en el armario que va dando portazos para llamar la atención es perfecto.

Debemos aprender a abrir “puertas” para renovarnos y mejorar en nuestras vidas.

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S.D.Esteban
S.D.Esteban
Jan 12
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¡Qué sabias palabras, Montse! Abramos puertas y ventanas para mostrarnos al mundo cual somos, sin tapujos, sin camuflajes. Ese es el primer paso para estar bien con nosotr@s mism@s; para renovarnos y mejorar, como tú bien dices. Un abrazo enorme, amiga ;-)

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